miércoles, 13 de enero de 2010

Humis


Sobre los humis no quedó mucho escrito, aparte de lo que los historiadores recogen compartiéndolo con otros pueblos vecinos de la zona, quizás porque hasta su manera de extinguirse la compartieron, las epidemias que sufrieron por las nuevas enfermedades para las que sus organismos no estaban preparados ni la inmunidad para defenderse de los nuevos virus que llegaron con los primeros conquistadores, entre ellos el sarampión. Pero la causa principal de la desaparición como pueblo no se le puede achacar sólo al apartado de salud, otros condicionantes como la represión y persecución padecida, los trabajos forzosos a los que fueron sometidos o el mestizaje, tuvieron también mucha importancia y un protagonismo determinante para su desaparición.

A los humis también se les conocía por humas o humes, y su extinción se dio con la presencia de los conquistadores españoles. Su territorio se situaba entre los estados de Sinaloa y Durango, México, en las riveras de los afluentes del río Piaxtla, en su parte media, en los poblados que hoy se conocen como Ixpalino o Castilaca (Contra Estaca) en Sinaloa y la sierra de Durango. Entre Tenchoquelite, poblado de San Ignacio, hasta el de Guarizamey en San Dimas Durango.

Los patrones de subsistencia eran casi calcados a los de sus vecinos los hinas, xiximes, tepehuanes y acaxees, Eran guerreros y se pasaban la vida entre trifulca y trifulca, supongo que defendiendo sus territorios y cobrando alguna ofensa en forma de venganza, pero de todo este grupo vecinal los más temidos eran los acaxees, que pasaron a la historia como pueblo feroz y aguerrido donde los hubiera. Su forma de vida era seminómada y al contrario de los pueblos costeros totomares, que llevaban una existencia sedentaria y dedicados a la pesca y la recolección de la sal, los serranos, entre los que se incluye a los humis, practicaban una agricultura pobre, sembraban maíz, calabaza, frijol y chile, y recolectaban frutos silvestres, frutas y miel, además de practicar la cacería. Sus incursiones a la costa eran frecuentes y no siempre con intenciones bélicas, también se relacionaban intercambiando sus productos excedentes por otros marinos, especialmente con los totomares.

Aunque su evangelización no se terminó por llevarse a cabo hasta finales del siglo XVIII, cuando empezó el auge minero, su proceso evangelizador comenzó mucho antes, junto a los hinas, en las misiones de San Ignacio, San Javier, Ajoya, Cabazán, San Agustín y Santa Apolonia, todas dentro del territorio de San Ignacio, Sinaloa.

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